Me ha encantado este artículo del periódico Elmundo en su versión digital, escrito por David Jiménez, enviado en Bangkok, os lo copio tal cual.
Saludos.


En mitad del caos de Bangkok, donde los autobuses ardían y las bombas caseras volaban por los aires, una joven enfundada en la camiseta roja que la identificaba con la oposición se acercó a varios soldados y comenzó a entregarles rosas. "Feliz Songkran", les dijo felicitándoles la llegada del Nuevo Año tailandés.

Es lo que se puede esperar de una revuelta en Bangkok estos días: una mezcla de la violencia de los disturbios y la conocida amabilidad tailandesa, el estruendo de los disparos al aire de los militares y las pistolas de agua con las que los niños celebran la llegada del Año Nuevo local. Sonrisas y barricadas.

El país lleva tres años inmerso en una profunda crisis política que ha provocado el cambio de cinco primeros ministros, varios asaltos a la Casa del Gobierno, el cierre de los dos principales aeropuertos de la capital o el golpe de Estado que en 2006 derrocó al primer ministro Thaksin Shinawatra y supuso el comienzo de la cadena de revueltas. Los residentes de Bangkok, acostumbrados a casi todo y sorprendidos por casi nada, han seguido haciendo vida normal.

Ni el estado de emergencia declarado por el Gobierno ni la violencia han impedido tampoco que la mayoría de los tailandeses salgan a la calle armados... con pistolas de agua. El desplazamiento del Sol en la constelación de Aries anuncia la llegada de la fiesta más importante del año y la gran batalla en la que cubos, bidones, mangueras y pistolas son utilizados para mojar a amigos o desconocidos.

Y así, mientras en una parte de la ciudad se quemaban vehículos y se arrojaban piedras a los soldados, en el resto se bailaba sobre los charcos al son de música folclórica. "Hemos esperado todo el año para este momento. No vamos a perdernos Songkran", decía un grupo de manifestantes (festivos) en la calle 33 de la avenida Sukhumvit.

Los manifestantes (guerreros), entre tanto, abandonaron la Casa de Gobierno después de dos jornadas de graves disturbios que convirtieron en centro de Bangkok en la ley de la jungla, dando un nuevo golpe a la imagen de Tailandia como destino turístico.

Las continuas crisis han logrado espantar a miles de visitantes extranjeros de un país cuyas líneas aéreas nacionales prometen traerte y llevarte con la "suavidad de la seda" y cuyo lema oficial es el "Reino de la Sonrisa". Y lo debe ser todavía, porque aparte de una minoría violenta, los manifestantes también se ha tomado su objetivo de echar a su primer ministro, Abhisit Vejjajiva, con buen humor.

El bastión de las protestas, la Casa del Gobierno, tiene su propio mercadillo donde comprar recuerdos de la rebelión. Puestos de comida y templos budistas cubren las necesidades culinarias y espirituales. Hay familias con niños, jubilados, amas de casa, taxistas y campesinos. Los más jóvenes hacen guardia detrás de las barricadas, improvisadas con neumáticos y autobuses que yacen calcinados en mitad de las calles. Discursos y cánticos animan a defender el último fuerte de una revuelta que ha abierto aún más las heridas de la profunda división social del país.

Entre los concentrados, seguidores del depuesto Thaksin, hay un buen número que ha hecho de la revuelta su oficio. "Nos pagan la comida y un extra, pero venimos para luchar por la democracia", dice una anciana de 72 años, llegada desde la norteña región de Isan con un grupo de cosecheras del arroz. Los manifestantes llegaron a concentrar hasta 100.000 personas la semana pasada, pero la violencia ha ahuyentado a muchos y el Año Nuevo se ha llevado a otros, reduciendo el número a unos pocos miles que hoy parecían dispuestos a poner fin a la movilización. La revolución puede esperar, al menos a que acabe la fiesta

1 comentarios:

Anónimo dijo...

También leí este artículo y me produjo una gran tristeza. Las guerras son totalmente inútiles.